

¿Es posible vincularse desde nuestras heridas?
Exigirnos sanar para tener vínculos nos deja en una profunda soledad.
En el mainstream de las terapias anda dando vueltas la creencia de que necesitamos tener todos nuestros problemas resueltos antes de vincularnos.
¿Pero cómo podemos construir vínculos si no terminamos nunca de sanarnos?
El problema suele ser que ese destino ideal de salvación rara vez llega. Nos volvemos adictos a la búsqueda de ese destino, compramos toda clase de experiencias sanadoras en busca del vellocino de oro, para darnos cuenta —tal vez muchos años después— de que el proceso no termina jamás.
Si tenemos la suerte de no hundirnos en la frustración que produce ese momento de iluminación, empezamos a amigarnos con la idea de que la existencia tiene como esencia la imperfección.
¿Pero cómo podemos construir vínculos si no terminamos nunca de sanarnos?
Creo que necesitamos desmitificar la idea de que la existencia espiritual y material del ser humano debería ser impecable. Es intrínsecamente falible. Nos vamos a equivocar de acá hasta que pasemos a otro plano. Esa frase que tanto se repite, “errar es humano”, tendríamos que releerla cada vez que aparece algún gurú de pacotilla a vendernos la sanación como el destino final de la humanidad.

Los vínculos tienen como eje de conexión precisamente el crecimiento a través del aprendizaje. Los adultos tenemos la tendencia a creer que el aprendizaje es algo que sucede en la edad temprana. Luego, producto del sistema en el que vivimos, comenzamos a creer que todo proceso de transformación o crecimiento no solo tiene que producirse muy rápido, sino que además debemos sentir vergüenza si no contamos con el conocimiento sobre áreas que la sociedad espera que dominemos.
Y cuando esa área es el mundo emocional parece que nos dividimos en dos grandes grupos. Por un lado, los iluminados, que tienen la tendencia a saber cómo atravesar absolutamente todas las vicisitudes de la vida —tengo que reconocer que en ocasiones peco de estar ahí—, y por otro, los que se resguardan en la ignorancia para no transformar ni un ápice de su lógica conductual.
Ambos conectan desde el mismo lugar: una sensación de control frente a la realidad que da paz mental y parece ponernos a salvo de lo mismo. El dolor.
Acercarnos a los vínculos queriendo sostener el control de nuestras emociones solo nos garantiza vivir una experiencia a medias. Y precisamente la transformación para la cual los vínculos están hechos, lejos de suceder, nos arroja a la repetición de un patrón ya conocido. Para luego preguntarnos: ¿Por qué siempre me pasa esto a mí?
Identificado este patrón, nos vamos al otro extremo, donde empezamos a creer que hasta que no lo eliminemos por completo no deberíamos vincularnos.
Como suelo decir, la verdad habita en los grises de nuestras creencias. Nunca es blanco o negro, sino un poco de esto y otro de aquello.
La coraza protectora que construimos tras la afirmación de “hasta que no sane no puedo vincularme” reproduce la idea de la meritocracia amorosa, donde aparentemente todo tiene que estar en un nivel estético perfecto para que el otro nos quiera.

¿Lista para transformar la deuda en merecimiento?
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Desde la presencia, no desde el cálculo.

Además de ser removedor es sanador y Ailu tiene una ternura y amorosidad que te hace sentir en paz.


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